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Huella Andina recorrida por primera vez – 3

Tercera parte de la entrevista a María Taurizano

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 – Tema comida: ¿conseguiste siempre para comprar en los campings u otro lugar al final de cada día? ¿qué llevabas siempre en la mochila para comer o cocinar?

Calculaba los días que tenía entre urbanidad y urbanidad, digamos entre San Martín y Villa la Angostura, por ejemplo, y llevaba algo como lentejas, o polenta, o fideos, contando al menos una comida fuerte por día. Llevaba sobres saborizadores, cubitos de caldo, queso rallado, un par de sopas, y siempre cosas pequeñas pero energizantes como maní, nuez, garrapiñada, turrón, chocolate, y también galletitas y algunos caramelitos dulces. Infaltable siempre, la yerba para el mate. La yerba mate tiene minerales como potasio y magnesio y aunque para nosotros es una tradición, ayuda mucho a recuperarse y a arrancar con energía. Para mí el mate es esencial y sé que podría sobrevivir varios días caminando y tomando sólo mate.

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– Alguna anécdota o historia linda del viaje que vayas a atesorar en la memoria.

Si pienso en cada día, cada día hay una anécdota atesorada. El tema de que hubiera pumas en Tapera de lagos es afortunadamente una anécdota con final feliz, porque no hubo, o no tocaron a mi carpa. Evaristo, un baqueano del camping Cataratas desde donde más o menos arranca el sendero para subir a Tapera, me preguntó alarmado que cómo me animaba a andar sola por ahí, que por ahí había pumas. Yo muy tranquila le dije que de todas maneras los pumas tendrían otras cosas para comer, otros animalitos para cazar, y el hombre ladeando la cabeza medio de refilón, me decía con tonito no se creaaaa eh? Mire que la cenizas ha raleado mucho todo, todo menos los pumas. Yo por supuesto encaré. Tapera de lagos como escribí antes es un páramo en medio de la montaña y el monte, con un arroyo a algunos metros. Armé la carpa, encendí el fogón, y entrada la noche me metí en la carpa. Al lado de la cabeza dejé un cuchillo tramontina y el gas pimienta y me puse a pensar en los pumas. Los pumas son felinos, pensaba, como los gatos; los gatos salen de noche. Pensé que si escuchaba la garrita de un puma en la lona de la carpa agarraba el cuchillo y lo miraba de frente, pero después pensaba, un puma, un puma, pero ¿y si vienen de a cuatro? Y entonces decidí dormirme y dejar que la naturaleza sabia hiciera los suyo. Lo último que pensé esa noche fue, y bueno, si me tienen que comer… que me coman. Otro hecho medio inesperado fue hundirme en un mallín en la bajada del Casalata hacia los Césares. Yo no estaba preparada para esa contingencia, a ese extremo, y la verdad es que ahí me asusté más que con la posibilidad de pumas. Iba tanteando el terreno, con el barro un poco más arriba de los tobillos y que se me iba metiendo en la caña de las botas. Tenía los pies completamente ahogados en barro. Las marcas se han perdido en esos mallines, así que trataba de pasarlos por donde me parecían menos profundos, pero el fango es oscuro y traicionero y en una de esas, tanteé, apoyé el pie confiada y el mallín me chupó la pierna entera hasta la cintura. No sé cómo hice para tirar hacia atrás, no sé con qué fuerza pude despegarme y que además el barrial no me succionara la bota. Pensé que la perdía. Salí, y me imaginé desapareciendo con mochila y todo ahí abajo en las cavernas del pantano y al sombrerito solo flotando en los pastos. Por suerte es sólo una pintura de la imaginación. Y algo completamente increíble fue lo que me pasó en la laguna Escondida. Tan escondida como su nombre. Poca gente llega hasta ahí. Yo llegué temprano. Me senté en unos troncos a admirar los reflejos en el agua y aparecieron cuatro personas hablando en inglés. Eran de Estados Unidos. Se sentaron a charlar, como hablo inglés, lo hicimos en inglés. Nos preguntamos de dónde éramos y qué hacíamos por ahí. Yo les cuento que normalmente viajo, que soy nómade, que vivo por aquí y por allá, que camino, y que voy a Palestina y trabajo en el Valle del Jordán, los beduinos, la zona C, y hablo y hablo. Cuando hablo acerca de Palestina, tengo mucho que contar y es difícil que haga un punto y aparte. Cuento lo que sé, lo que los medios no dicen, lo que otros por ahí no saben porque nadie se los dijo, porque no lo escucharon pero sin embargo es una herida del mundo. En un momento, una de las personas, Stephen, dijo que él cada tanto hace algo que es un ritual y que siente que en ese momento debe hacer ese ritual conmigo. Mientras habla saca una billetera y escarba en un bolsillo pequeño de la misma. Yo pienso que sacará una foto, un amuleto, una piedra, un símbolo. No. Saca un billete de 100 dólares doblado en tres y me lo da. El otro hombre, Bob, saca fotos y registra el momento. Le digo que no, que yo no puedo tomar el dinero. Pero él me dice que tengo que agarrarlo porque él sintió que es el momento de ese ritual y que ese dinero es para Palestina, que él puede hacer eso y que de hecho lo viene haciendo desde hace tiempo, y me cuentan una historia parecida, quizás el ritual anterior, con un taxista. Estoy tan sorprendida que no se bien qué le dije, sé que se lo agradecí en árabe y en nombre del pueblo palestino. Después me fui el resto del camino un poco preocupada pensando cómo voy a hacer para que el dinero llegue adonde tiene que llegar.

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– Un mensaje a aquellas personas que no se han puesto una mochila en la espalda para caminar en la naturaleza y se preguntan cómo será.

Llevar una mochila en la espalda y caminar en la naturaleza sin que se nos ofrezca en el camino ninguno de los servicios que nos ofrece y de los que nos envicia la urbanidad, no es tan difícil, ni tan pesado, ni sólo para valientes, ni sólo para unos pocos que deben tener estado físico y ser fuertes. Yo siempre digo que si yo lo hago, cualquiera puede hacerlo. Ahora bien, mucha gente puede haber decidido que no le gusta el reto o esta forma de andar. Si así lo afirman es porque no han probado. Se están perdiendo una experiencia sencilla y única, una experiencia que nos ayuda a aprender de nosotros mismos, porque el camino con la casa a cuestas y a través de senderos, dura muchas horas cada día, y son horas de comunicación en exclusivo con los sonidos de la naturaleza y con el propio interior. La única manera de poder adentrarse verdaderamente en la naturaleza, es esta, caminando. Hay muchos lugares a los que solamente podemos llegar de a pie, lugares que nos esperan. La llegada allí, después de haber dado cada paso, sabe muy distinto en nuestro interior a aquel lugar donde hemos sido transportados por otro móvil que no sea nuestro propio andar. Además llevarnos la mochila nos enseña el valor de lo necesario. Darnos cuenta que tenemos tanto y necesitamos tan poco para sentirnos plenamente felices.

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¡ Disfrutá las fotos y los relatos de cada etapa escritos por María en su blog !
en este link: lahuellaandina.blogspot.com.ar
Email de María Taurizano: mariataurizano@gmail.com

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